jueves, 15 de diciembre de 2011

Canino

El can, el perro, el sabueso, o como queráis llamarlo es lo que más necesitamos en nuestra vida cuando está entre nosotros. Aunque pueda suponer un revés para nuestro ego humano tan sobredimensionado, la verdad es que nosotros necesitamos más a los perros que ellos a nosotros. Si los humanos desapareciéramos de la faz de la tierra mañana, los perros se las arreglarían para sobrevivir. Seguirían su instinto genético y formarían manadas muy parecidas a las que los lobos continúan formando. Volverían a cazar y a establecer territorios. Continuarían criando a sus cachorros casi del mismo modo que lo hacen hoy. En muchos sentidos incluso serían más felices. Los perros no necesitan a los humanos para estar equilibrados. De hecho la mayor parte de dificultades e inestabilidades que los perros domésticos sufren, derivan de su permanencia en situaciones no naturales para ellos: vivir con nosotros tras unos muros en este mundo moderno e industrializado.

Es como si los perros fueran de la Tierra y nosotros los humanos del espacio exterior. En muchos sentidos los humanos somos distintos a todos los demás seres que comparten este planeta con nosotros. Tenemos la capacidad de racionalizar, lo cual nos da también la capacidad de engañarnos a nosotros mismo. Eso es lo que hacemos cuando humanizamos a los animales: proyectar nuestras propias imágenes sobre ellos para sentirnos mejor. Al hacerlo, no sólo les hacemos daño a ellos, sino que nos distanciamos aún más del mundo natural en el que existen.

Lo que parecemos olvidar es que aún tenemos acceso al mismo mundo en el que ellos viven. Por eso los indígenas de los desiertos, las montañas, los bosques y las junglas son capaces de sobrevivir generación tras generación. Son el Homo Sapiens, como lo éramos nosotros, pero ellos están totalmente en sintonía con su naturaleza animal. Viven cómodamente en ambos mundos. Aquí, en la "civilización", nos hemos alejado del mundo natural definiéndonos exclusivamente como la especie superior, la especie que crea, la especie que desarrolla. Continuamos rematando ese lado más natural y mejor de nosotros mismos al ser la especie que destruye a la Madre Naturaleza del modo en que nosotros lo hacemos. Sólo los humanos hacemos algo así.

Sin embargo, no importa lo mucho que arrasemos la Tierra, nuestra naturaleza animal ansía ser satisfecha. Nos gastaremos los ahorros de todos un año para tomarnos una semana de vacaciones para preservar nuestra salud mental junto al mar, a un lago o en las montañas. Y eso porque, sin alguna conexión con la Madre Naturaleza, nos sentimos aislados. Tenemos frío. Nos sentimos desequilibrados. Nos morimos por dentro.

En algunas culturas, los perros y demás animales que llevamos a nuestra casa sirven como nexo de unión principal con la Madre Naturaleza. Puede que no seamos conscientes de ellos, pero son la línea vital que nos une con una parte de nosotros mismo que estamos a punto de perder. Cuando humanizamos a nuestros perros, interrumpimos la lección vital que iban a enseñarnos: cómo experimentar el mundo a través de nuestros instintos animales. Cómo vivir cada momento y cada día al máximo.

Cuando llevamos a un perro a casa, es nuestra responsabilidad satisfacer sus necesidades instintivas para que puedan sentirse equilibrados. A los perros no les importa lo más mínimo las monerías, ganar trofeos o los vestiditos que les ponemos. No les importa que vivamos en una casa grande; ni siquiera si tenemos trabajo. Les importan otras cosas, como sentirse unido a nosotros, explorar el mundo, vivir en la sencilla felicidad de un momento.

Mientras la luz dorada del sol de esta hora empieza a decaer en esta desierta playa mientras salto en mitad de una pequeña ola y lanzo una pelota de tenis con todas mis fuerzas, mi perro aullando de alegría, sale disparado en su persecución, intentando atraparla lo más rápido posible para devolvérmela. Él se acerca trotando, orgulloso del objeto que lleva entre los dientes, para ponerme en la mano la pelota y mirarme con absoluto arrobo con sus ojos castaños. Le acaricio la cabeza, corro a la orilla y vuelvo a lanzar la pelota. Él vuelve a saltar al agua, y por un momento siento lo mismo que él: el agua fría y salada en la piel, miles de aromas marinos, el sonido hipnótico y tranquilizador de las olas. Me llena la felicidad de este momento fugaz y se lo debo a él. Todo se lo debo a él.

El sol se ha vuelto rojo al borde del mar cuando tomamos el camino arenoso que nos conduce a casa. Estamos agotados pero felices. Esta noche dormirá profundamente, y yo, yo también dormiré bien, con la conciencia de haber ayudado a llenar su vida... del mismo modo en que él ha llenado la mía.

Vive cada instante como lo vive un perro, como si fuera único, como si fuera el último, haz que el mañana no importe.

Namaste

Suerte y vida

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