Cerró.
La puerta, la cerró tan fuerte después de la última vez, que la puerta quedó resquebrajada. Cerró con llave, y la tiró bien lejos, donde, en principio, nadie la podría encontrar.
A través de esas rendijas, durante el tiempo, algunas personas se acercaban, miraban a través de las finas rendijas, y ahí lo veían, sentado con la espalda en la pared, a veces agarrándose las piernas con las manos, o con las piernas cruzadas en posición de meditación, o simplemente estiradas. A veces incluso lo veían caminando dando vueltas en círculos, y hablando para sus adentros.
Reflexionando. Pensando. Él, se planteaba si cada una de sus decisiones habían sido las correctas. Si se podría haber equivocado en algún momento. Y debatía, debatía y debatía interiormente.
Así pasaron los días, semanas y meses, y algunas personas que pasaban por allí, seguían mirando, incluso había algunas que intentaban hablarle, para ver si respondía, pero era en vano. No oía. O no quería oír. Apenas reaccionó a una voz, que le llamó la atención, y él se acercó a mirar por esas mismas rendijas que dejaban ver el exterior en apenas unos milímetros. Pero llegó tarde, la voz se alejaba no puedo apenas ver más que la silueta de una sombra alargada y murmulló unas palabras: "Parecía interesante", pero no se dio cuenta que llevaba tanto tiempo sin hablar, que no podía hacer que su voz sonara.
Semanas después llegó alguien, que se ofreció escucharle. Pero no resultó. Él no sentía esa confianza para abrirse en canal. Y tapó las rendijas con unos trapos, quedando así, aislado completamente. Y se corrió el rumor de que una persona había podido entablar unas palabras con el desconocido.
Otra vez vuelta a empezar, y con el rumor presente, más personas curiosas seguían intentando mirar y hablar, pero no se podía, le gritaban, le pedían que quitara los trapos. Pero no había manera.
Largas semanas después llegó otra persona, que metiendo las manos, arrancó los trapos, dejando otra vez, las rendijas al descubierto y pudiendo ver a través. Lo veían más delgado, más consumido, más desconfiado aún si cabía.
Él no podía confiar en nadie. Estuvo así más días, más semanas, más meses. Nadie sabía cuanto tiempo más iba a aguantar aquél chico allí metido.
Ahogaba sus penas con una pequeña esfera que había conseguido hacer de los mismos trapos que había usado para tapar esas rendijas, junto con un círculo de metal un poco más grande que había fijado en la pared de yeso. Esa fue su rutina durante todo ese tiempo, mientras esperaba, mientras pensaba.
Nadie se acercó durante semanas, nadie. Iban y venían, oían el sonido de la bola de trapos chocando con el metal. Pero nadie intentó nada. Lo dieron por imposible.
Giró el pomo de la puerta, para poder salir a tomar ese aire fresco que tanto necesitaba, pero no se podía abrir. Estaba atascado. Y él, débil.
Liberado de una vez del pensamiento de que no iba a poder salir de ahí, que jamás confiaría en nadie, y que iba a quedarse ahí sólo, con la única compañía de ese juego que se había inventado. Se dio cuenta que ese iba a ser su sitio, su soledad, hasta el final.
Apenas unas horas después, volvió a oír esa voz, que muchos meses atrás le había hecho pararse a escuchar. Entonces, como una explosión en su cabeza, lo recordó: "Parecía interesante". La voz se iba acercando, más y más. Estaba nervioso, y no sabía el por qué.
Dio golpes a la puerta, intentando llamar la atención. No podía dejar pasar esa oportunidad. Era una voz tan bonita! Melódica, con color, muy característica. La voz y los pasos de repente se quedaron en silencio. 10 segundos. 20 segundos. Perdió la cuenta, pero le pareció eterno. De pronto, los pasos retomaron el sonido, haciéndose cada vez más altos y acercándose a a la puerta. Él retiró los trapos, y se encontró de frente, mirando por esa rendija, un ojo azul y un poco más abajo unos labios recién pintados y apreció una pieza de ropa, blanca como los ángeles.
Ante esa imagen, le salieron las palabras. Podía hablar! Hablaron durante horas. Y él le pidió ayuda para poder abrir la puerta, pues el pomo estaba cerrado. Ella, sacó del bolsillo del pantalón un papel envuelto con una llave llena de barro en su interior. La limpió, y la probó en la puerta. Voilà! La puerta se abrió. Se quedaron los dos atónitos, el uno frente al otro, mirándose. - "Desde cuando tienes esa llave?" la preguntó él. - "Hace meses que la encontré, pero no sabía de quien era y decidí guardarla".
- "GRACIAS"! Dijo él. Se miraron a los ojos, y se fundieron en un abrazo largo, lleno de sensaciones. Un abrazo de esos que se puede sentir la respiración de la otra persona por todo tu cuerpo. Se separaron y entre carcajadas se agarraron de la cintura y empezaron a caminar, hablando y hablando y hablando.
15/06/2018
No hay comentarios:
Publicar un comentario