domingo, 15 de mayo de 2022

Solo un sueño

Se levantó temprano una mañana de verano, el sol entraba con unos rayos tenues. Dio un salto de la cama, y encendió la luz de su escritorio, y se golpeó con la maleta el dedo pequeño del pie; bonita forma de empezar el día, pero con esos pies, ¿Qué quieres?, pensó. Repasó la lista, metió todo en una carpeta, y revisó el teléfono para comprobar que todo estaba en orden. Todo correcto. Abrió la puerta, enfiló el pasillo, entró en la cocina, cogió la jarra mientras abría el armario y bajaba un vaso del armario. Se sentó, se sirvió un vaso de agua y se puso los auriculares mientras reproducía una lista en su Spotify. Eligió una manzana del frutero, y con un cuchillo empezó a cortarla en pedazos. Iba masticando mientras iba fumándose el cigarrillo que se había liado unos minutos antes. El nerviosismo empezaba a entrar en su cuerpo. Terminó, apuró el vaso de agua, lo lavó, y revisó la maleta negra, metió el par de cosas que se le había olvidado meter, la cerró, se vistió, y miró a su alrededor. Un poco de su perfume favorito, crema en las manos, y reloj plateado en su muñeca.

Comprobó que todo estaba en orden, se despidió de su madre con un beso y un abrazo, cogió las llaves y cerró la puerta. Bajó las escaleras, y abrió la puerta del parking, que chirriaba. Abrió el maletero, metió la maleta, y la chaqueta fina, y cerró. Abrió la puerta del conductor, y se sentó, hizo una respiración honda, exhaló el aire y cerró la puerta. Arrancó el motor, con nerviosismo y determinación, volviendo a hacer otra respiración larga, y maniobró para salir del parking.

Durante el trayecto, se le venían imágenes que no hacían más que alimentar su sentimiento de nerviosismo, pero como ya había aprendido a gestionar esas sensaciones, no permitió que le afectaran. Condujo con una mezcla de tranquilidad y nerviosismo, durante una media hora, hasta que llegó, aparcó el coche en la plaza G21 y bajó del coche, abrió el maletero y sacó el equipaje. Se alejó del coche caminando decidido hacia la entrada. Entró por la puerta y sintió un escalofrío, había estado tantas veces en ese sitio, pero nunca con una sensación igual a la de hoy. Gente con maletas, iba y venía, se saludaban, se despedían. Risas, llantos, ilusión, tristeza, abrazos… ¿Cómo puede haber tantas sensaciones en un mismo espacio tan pequeño de espacio? No lo sé. Pasó por la pantalla de información y comprobó el número de la puerta de embarque y se fue directo al control de seguridad. Pasó sin problemas y enfiló las escaleras mecánicas descendentes hacía el pasillo que parecía interminable, pasó por delante de una tienda y compró una cantidad desmesurada de pilas y las metió en la maleta. Como aún quedaban 45 minutos para embarcar, se dirigió al vestíbulo abierto para fumarse otro y beberse el zumo que había traído de casa. Se sentó en la escalera de madera, miró al cielo. Despejado. El sol ya lucía con una intensidad casi total y los rayos le alcanzaban las piernas, que calor.

Terminó, y se fue directo a la puerta G10, donde ya se podía leer en la pantalla el destino del vuelo. Se sentó en primera fila y esperó releyendo ese libro que le había cambiado la vida, ese libro que le había llevado hasta la libertad apenas un tiempo atrás. Estaba tan concentrado leyendo que no se había dado cuenta de que la azafata de embarque ya estaba en su sitio, y solo reaccionó, cuando la gente a su alrededor empezó a levantarse para hacer fila. Se puso en fila y cuando llegó su turno, enseño su DNI y su tarjeta de embarque con el teléfono, y bajó por las escaleras hasta llegar al asfalto. Un bus estaba esperando con las puertas abiertas, respiró hondo y subió, sin sentarse, esperando a que el bus se llenara para poder cerrar las puertas y emprender el camino hacia el avión. Fue un trayecto de apenas unos 5 minutos, se abrieron las puertas y allí, estaba, un amasijo enorme de metal, preparado para despegar. Subió la escalinata del avión, saludó a las azafatas y recorrió el pasillo hasta llegar a la fila 14. Había pedido salida de emergencia porque siempre había tenido problemas para encajar sus largas piernas en esos espacios diminutos. Eso sí, ventanilla siempre. Siempre le gustó poder ver como el avión se iba alejando del suelo al despegar, siempre le pareció fascinante. Sacó su teléfono del bolsillo, lo puso en modo avión, se colocó los airpods, y le dio al play. La lista que lo había acompañado durante tanto tiempo, no iba a ser menos ahora. Después de unos minutos el avión dio un acelerón, y empezó a coger velocidad, cada vez más, y finalmente, llegó el momento. Ese momento, esa sensación, que llevaba tiempo queriendo experimentar, que la echaba de menos. Esa sensación que hace que el estómago te dé un vuelco, se te paralice todo durante unos segundos, y entonces miró por la ventanilla. La ciudad iba haciéndose cada vez más pequeña, los edificios prácticamente indistinguibles y se veía el mar de fondo, mientras el sol se reflejaba en él. Durmió en el vuelo, y se despertó cuando apenas quedaban 30 minutos para llegar al destino, ahí empezó ese nerviosismo tonto de verdad.

Por los altavoces, avisaban en inglés que en breves minutos se iba a aterrizar en el aeropuerto de destino. Informaban de que la temperatura era de unos 18 grados. Menos mal que había decidido venir en pantalón largo. Menos mal. El avión tocó suelo, frenó durante unos segundos y tomó dirección a la terminal. El avión aún no se había detenido que él ya tenía el cinturón desabrochado y se había levantado para coger su maleta del compartimento superior. Entonces hubo un ruido que indicaba que la pasarela ya se había acoplado a la puerta y empezó a salir la gente. Llegó a la salida, les deseo un buen día a las personas de la tripulación y caminó por el pasillo hasta llegar a las puertas del vestíbulo. ¡Menuda terminal!, era más moderna de lo que se había imaginado. Buscó la salida, y salió a tomar el aire fresco. Ahí es cuando tuvo que ponerse la chaqueta, porque hacía una brisa fría que pedía a gritos la necesidad de esa chaqueta. Miró su reloj, mientras se fumaba un cigarrillo en el lugar indicado para fumar, mirando a su alrededor. ¿Dónde estaba?

Y de golpe la vio. Caminando, a unos 200 metros escasos, se acercaba caminando, con esa forma única que tiene ella de hacerlo. Con las gafas de sol puestas, ese caminar decidido y rápido, esas mejillas sonrojadas y pomposas, esos labios perfectos. Él tiró el cigarrillo y empezó a caminar hacia ella. Esos 200 metros, parecieron 200km, la veía acercarse a cámara lenta, con sus gafas de sol, unos tejanos, una sudadera y el vaivén tan especial de cabello que tenía por su maravillosa forma de andar. A escasos 10 segundos de encontrarse, no pudo evitar escapársele algunas lágrimas, y cuando se abrazaron, estaba envuelto en llanto. Los dos lo estuvieron. Él no paraba de repetirle, entre sollozos y lágrimas, lo mucho que la había echado de menos, y ella le respondía: “Lo sé”, “ya estás aquí, tranquilo”.

Se fundieron en un abrazo que duró minutos. Él la abrazaba y no podía parar de estar emocionado. Le repetía una y otra vez: “Lo siento, lo siento”. La había echado tanto de menos. No tenía palabras para describirlo, para explicarlo. Pero con ese abrazo, le dijo todo lo que no podía decirle en ese momento con palabras. Y ella lo entendió, porque ella tiene ese poder especial de entender sus cosas. Tantos días, tantos sentimientos, tantas sensaciones, tantas ganas de todo. Pero ya estaba allí. Ella, decidió darle esa última oportunidad porque siempre lo ha amado, y nunca lo va a dejar de amar, porque es una persona maravillosa, y todo el mundo merece una última oportunidad.

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Tengo claro que esto ha sido simplemente un sueño que he tenido esta noche. Hay sueños lúcidos, y luego está éste. Me he levantado por la mañana, y me han pasado todas estas imágenes por la cabeza, sin saber por qué. La gente dice que los sueños, solamente son sueños. Yo, en mi humilde opinión, hay sueños, no todos, pero la gran mayoría, que se pueden convertir en realidad. Y con esa esperanza vivimos.

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