Se levantó temprano una mañana de verano, el sol entraba con unos rayos tenues. Dio un salto de la cama, y encendió la luz de su escritorio, y se golpeó con la maleta el dedo pequeño del pie; bonita forma de empezar el día, pero con esos pies, ¿Qué quieres?, pensó. Repasó la lista, metió todo en una carpeta, y revisó el teléfono para comprobar que todo estaba en orden. Todo correcto. Abrió la puerta, enfiló el pasillo, entró en la cocina, cogió la jarra mientras abría el armario y bajaba un vaso del armario. Se sentó, se sirvió un vaso de agua y se puso los auriculares mientras reproducía una lista en su Spotify. Eligió una manzana del frutero, y con un cuchillo empezó a cortarla en pedazos. Iba masticando mientras iba fumándose el cigarrillo que se había liado unos minutos antes. El nerviosismo empezaba a entrar en su cuerpo. Terminó, apuró el vaso de agua, lo lavó, y revisó la maleta negra, metió el par de cosas que se le había olvidado meter, la cerró, se vistió, y miró a su alrededor. Un poco de su perfume favorito, crema en las manos, y reloj plateado en su muñeca.
Comprobó que todo estaba en orden, se despidió de su madre
con un beso y un abrazo, cogió las llaves y cerró la puerta. Bajó las
escaleras, y abrió la puerta del parking, que chirriaba. Abrió el maletero,
metió la maleta, y la chaqueta fina, y cerró. Abrió la puerta del conductor, y
se sentó, hizo una respiración honda, exhaló el aire y cerró la puerta. Arrancó
el motor, con nerviosismo y determinación, volviendo a hacer otra respiración
larga, y maniobró para salir del parking.
Durante el trayecto, se le venían imágenes que no hacían más
que alimentar su sentimiento de nerviosismo, pero como ya había aprendido a
gestionar esas sensaciones, no permitió que le afectaran. Condujo con una
mezcla de tranquilidad y nerviosismo, durante una media hora, hasta que llegó,
aparcó el coche en la plaza G21 y bajó del coche, abrió el maletero y sacó el
equipaje. Se alejó del coche caminando decidido hacia la entrada. Entró por la
puerta y sintió un escalofrío, había estado tantas veces en ese sitio, pero
nunca con una sensación igual a la de hoy. Gente con maletas, iba y venía, se
saludaban, se despedían. Risas, llantos, ilusión, tristeza, abrazos… ¿Cómo
puede haber tantas sensaciones en un mismo espacio tan pequeño de espacio? No
lo sé. Pasó por la pantalla de información y comprobó el número de la puerta de
embarque y se fue directo al control de seguridad. Pasó sin problemas y enfiló
las escaleras mecánicas descendentes hacía el pasillo que parecía interminable,
pasó por delante de una tienda y compró una cantidad desmesurada de pilas y las
metió en la maleta. Como aún quedaban 45 minutos para embarcar, se dirigió al
vestíbulo abierto para fumarse otro y beberse el zumo que había traído de casa.
Se sentó en la escalera de madera, miró al cielo. Despejado. El sol ya lucía
con una intensidad casi total y los rayos le alcanzaban las piernas, que calor.
Terminó, y se fue directo a la puerta G10, donde ya se podía
leer en la pantalla el destino del vuelo. Se sentó en primera fila y esperó
releyendo ese libro que le había cambiado la vida, ese libro que le había
llevado hasta la libertad apenas un tiempo atrás. Estaba tan concentrado
leyendo que no se había dado cuenta de que la azafata de embarque ya estaba en
su sitio, y solo reaccionó, cuando la gente a su alrededor empezó a levantarse
para hacer fila. Se puso en fila y cuando llegó su turno, enseño su DNI y su
tarjeta de embarque con el teléfono, y bajó por las escaleras hasta llegar al
asfalto. Un bus estaba esperando con las puertas abiertas, respiró hondo y
subió, sin sentarse, esperando a que el bus se llenara para poder cerrar las
puertas y emprender el camino hacia el avión. Fue un trayecto de apenas unos 5
minutos, se abrieron las puertas y allí, estaba, un amasijo enorme de metal,
preparado para despegar. Subió la escalinata del avión, saludó a las azafatas y
recorrió el pasillo hasta llegar a la fila 14. Había pedido salida de
emergencia porque siempre había tenido problemas para encajar sus largas
piernas en esos espacios diminutos. Eso sí, ventanilla siempre. Siempre le
gustó poder ver como el avión se iba alejando del suelo al despegar, siempre le
pareció fascinante. Sacó su teléfono del bolsillo, lo puso en modo avión, se
colocó los airpods, y le dio al play. La lista que lo había acompañado durante
tanto tiempo, no iba a ser menos ahora. Después de unos minutos el avión dio un
acelerón, y empezó a coger velocidad, cada vez más, y finalmente, llegó el
momento. Ese momento, esa sensación, que llevaba tiempo queriendo experimentar,
que la echaba de menos. Esa sensación que hace que el estómago te dé un vuelco,
se te paralice todo durante unos segundos, y entonces miró por la ventanilla.
La ciudad iba haciéndose cada vez más pequeña, los edificios prácticamente indistinguibles
y se veía el mar de fondo, mientras el sol se reflejaba en él. Durmió en el
vuelo, y se despertó cuando apenas quedaban 30 minutos para llegar al destino,
ahí empezó ese nerviosismo tonto de verdad.
Por los altavoces, avisaban en inglés que en breves minutos
se iba a aterrizar en el aeropuerto de destino. Informaban de que la
temperatura era de unos 18 grados. Menos mal que había decidido venir en
pantalón largo. Menos mal. El avión tocó suelo, frenó durante unos segundos y
tomó dirección a la terminal. El avión aún no se había detenido que él ya tenía
el cinturón desabrochado y se había levantado para coger su maleta del compartimento
superior. Entonces hubo un ruido que indicaba que la pasarela ya se había
acoplado a la puerta y empezó a salir la gente. Llegó a la salida, les deseo un
buen día a las personas de la tripulación y caminó por el pasillo hasta llegar
a las puertas del vestíbulo. ¡Menuda terminal!, era más moderna de lo que se
había imaginado. Buscó la salida, y salió a tomar el aire fresco. Ahí es cuando
tuvo que ponerse la chaqueta, porque hacía una brisa fría que pedía a gritos la
necesidad de esa chaqueta. Miró su reloj, mientras se fumaba un cigarrillo en
el lugar indicado para fumar, mirando a su alrededor. ¿Dónde estaba?
Y de golpe la vio. Caminando, a unos 200 metros escasos, se
acercaba caminando, con esa forma única que tiene ella de hacerlo. Con las
gafas de sol puestas, ese caminar decidido y rápido, esas mejillas sonrojadas y
pomposas, esos labios perfectos. Él tiró el cigarrillo y empezó a caminar hacia
ella. Esos 200 metros, parecieron 200km, la veía acercarse a cámara lenta, con
sus gafas de sol, unos tejanos, una sudadera y el vaivén tan especial de
cabello que tenía por su maravillosa forma de andar. A escasos 10 segundos de
encontrarse, no pudo evitar escapársele algunas lágrimas, y cuando se
abrazaron, estaba envuelto en llanto. Los dos lo estuvieron. Él no paraba de
repetirle, entre sollozos y lágrimas, lo mucho que la había echado de menos, y ella le respondía: “Lo sé”, “ya
estás aquí, tranquilo”.
Se fundieron en un abrazo que duró minutos. Él la abrazaba y
no podía parar de estar emocionado. Le repetía una y otra vez: “Lo siento, lo
siento”. La había echado tanto de menos. No tenía palabras para describirlo,
para explicarlo. Pero con ese abrazo, le dijo todo lo que no podía decirle en
ese momento con palabras. Y ella lo entendió, porque ella tiene ese poder
especial de entender sus cosas. Tantos días, tantos sentimientos, tantas
sensaciones, tantas ganas de todo. Pero ya estaba allí. Ella, decidió darle esa
última oportunidad porque siempre lo ha amado, y nunca lo va a dejar de amar, porque es una persona maravillosa, y todo el mundo merece una última oportunidad.
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Tengo claro que esto ha sido simplemente un sueño que he
tenido esta noche. Hay sueños lúcidos, y luego está éste. Me he levantado por
la mañana, y me han pasado todas estas imágenes por la cabeza, sin saber por
qué. La gente dice que los sueños, solamente son sueños. Yo, en mi humilde
opinión, hay sueños, no todos, pero la gran mayoría, que se pueden convertir en
realidad. Y con esa esperanza vivimos.
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